No fui de los jóvenes que asaltaron los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes un 26 de julio de 1953, pero sí de los que, corazón y mente en mano, “asalta” la historia de su localidad para entender la magnitud de aquel suceso con que se inició el final de la dictadura de Fulgencio Batista.

No fui de los jóvenes que arremetieron contra los históricos cuarteles, pero sí de los que, hasta hace poco y por mucho tiempo, “asaltaba” aulas para matar la ignorancia, “mataba” hojas en blanco con la pujanza de un moncadista de entonces, vestía uniformes con colores de bandera, así como también “invadía” un consultorio médico para agradecer su existencia.

Converso mucho con testigos de aquellos tiempos. Eliza Garrido, por ejemplo, es de esas personas que recuerda el 26 de julio como un punto de partida, tiene bien claro el cambio de ayer a hoy y siente orgullo por ver apartadas concepciones que sometían a la mujer a empleos como lavar, coser y limpiar. Lo mejor es que trasmite de generación en generación ese pensamiento. 

Y es que, amurallados por sus propias penurias, unos 600 habitantes y apenas 200 viviendas ocupaban antes de 1959 el territorio del antiguo batey Algodones, hoy poblado Orlando González Ramírez, en honor a aquel joven combatiente revolucionario asesinado por los esbirros de la tiranía batistiana.

Al transitar los más de 60 años desde el triunfo de la Revolución, se puede comprobar el crecimiento en esa zona rural ubicada en el municipio avileño de Majagua, que en la actualidad agrupa más de dos mil casas y más de cinco mil pobladores, los que reciben servicios de transportación, electrificación, agua y alcantarillado.

Eso sí, he hecho un cuartel de la memoria histórica de donde vivo. Repaso, gracias a los recuerdos de Nilda Rodríguez Castillo, que previo al 59 solo existía un punto médico, sin embargo, en este momento hay siete consultorios y una posta médica con servicios estomatológicos y laboratorio clínico.

A diferencia de aquella única escuelita de la etapa pre-revolucionaria, actualmente la comunidad cuenta con un círculo infantil, seis escuelas primarias, y un centro mixto con preuniversitario y secundaria básica.

No fui de los jóvenes que asaltaron los cuarteles, pero sí de los que hoy, historia local como escudo, agradece la existencia del círculo infantil Mambises del Siglo XX, institución nacida de una casa adaptada en noviembre de 1969 y reconstruida posteriormente en otras dos ocasiones, en la que más de 100 niños y niñas se convierten en futuros defensores de su Patria. 

Si se trata de matar la ignorancia, podemos los de allí “asaltar” obras de la Revolución como la biblioteca pública María Teresa Freyre de Andrade, la casa de cultura Abdala y el combinado deportivo número Dos Raúl Barbosa.

Cuando miro a mis abuelos y abuelas, los abuelos y abuelas de muchos de mis coterráneos, recuerdo que el hecho de que cada vez sean más los hombres y mujeres de pelo blanco se debe a que en este poblado avileño la esperanza de vida al nacer es de más de 76 años, muy por encima de aquellos desesperanzadores 45 al triunfo de la Revolución.

Allí, donde antes de 1959 gritó el diablo y nadie lo escuchó, como dicen popularmente, abre sus puertas cada día una de las 16 casas de abuelos de toda la provincia, con excelentes condiciones sanitarias y estructurales.

Allí, donde antes de 1959 gritó el diablo y nadie lo escuchó, crece otra obra de beneficio social: la unidad de comercio y gastronomía “La Palma”, la que desde alrededor del 2002 oferta productos alimenticios a aquellas personas de menores ingresos, como parte del Sistema de Atención a la Familia (SAF).

No fui de aquellos revolucionarios jóvenes, pero si ante mí aparecen, duros como cuarteles, aquellos tiempos de clases sociales, en los que azucareros de mi antiguo batey dependían solo de lo que ganaban en tres meses de zafra y no existían caminos de progreso para negros y pobres obreros, me invento allí un Moncada y un Carlos Manuel de Céspedes, ¡y los asalto!

Foto: Vicente Brito/ Escambray