Con el “rodaje” de la primera fase de recuperación de la COVID-19 en Ciego de Ávila, el sector del transporte echó a andar un grupo de medidas, pero algunas, indudablemente, chocan con la insuficiente cantidad de medios de transporte, un “accidente” inevitable en las actuales circunstancias.


Manuel Marín Torres, director provincial de Transporte, explicó que, a partir del 18 de junio, se regularía la capacidad de los medios de transporte público urbano, intermunicipal y rural, tanto estatal como privado, reactivación con limitaciones y de manera gradual.


“Se reanudarán los trayectos con todas las capacidades en asientos y solo el 50 por ciento de las personas que se permiten viajar de pie. Hay que cumplir las medidas de bioseguridad, que incluyen la higienización del medio de transporte, una vez concluido el servicio”.


Además, dijo que “se van a recorrer los primeros turnos de la mañana, para que las personas accedan a sus trabajos u otros destinos y, una vez concluido el horario laboral, sobre las 4:00 pm o 5:00 pm, se efectuará el cierre de todas las rutas”.


Si antes de COVID-19 la demanda era muy superior a la baja disponibilidad técnica del parque existente, ¿cómo ahora la misma demanda se puede reducir a un 50 por ciento de pie? ¿Cómo evitar la pegadera, codo con codo, si debes tratar de montar en alguno de los carros que cubren las dos únicas oportunidades de la jornada?


Por ejemplo, en el tren que cubre la ruta Orlando González-Ciego de Ávila, que recorre tres comunidades (Dominica, Guayacanes y Caguazal) no es posible reducir a la mitad el número de pasajeros de pie, pues tampoco existen otras garantías que permitan la dispersión de los viajeros.


Aparecen entonces los vacíos de lo dicho sobre determinadas indicaciones de seguridad, como el uso de nasobucos y el distanciamiento en la primera fase, lo que se flexibiliza sin necesidad de llegar a la segunda y tercera.


Por su parte, Vladimir Albelo Martínez, director de la Unidad Empresarial de Base de Ómnibus Urbanos, en Ciego de Ávila, llamaba a la disciplina de los viajeros al arribar a los ómnibus y de que así ayuden a los choferes en la organización, lo que, sin dudas, es complicado, con solo imaginar la reacción de decenas de personas si el conductor anuncia que veinte desesperados deben arreglárselas como puedan a las 5:30 de la tarde.


Obviamente, la solución no estaba en hacer modificaciones en los itinerarios, o sea, en la cantidad de viajes por medio, sino en ofrecer más recorridos y así quitarnos del medio posibles riesgos. Difícil resulta restringir la afluencia de pasajeros a bordo —y distanciarlos— con la restricción de ómnibus en la carretera.


En el caso del transporte, la infraestructura no estuvo ni estará preparada para asumir la “luz verde”, esa misma que ha puesto en las calles a cientos de personas que siguen huyendo del lavado de las manos, se saludan, entablan una conversación durante el trayecto y son arrastrados al toqueteo que genera ocupar un “huequito” en la guagua, el camión particular o el tren.