“He pasado unos días mal, ¡terribles! Con fiebres, dolores de cabeza, la presión descompensada, malestares de garganta y tos, síntomas clásicos de la COVID-19; pero, ya voy mejorando”, fueron las palabras que todo oído lamentaría escuchar en boca de aquel enfermero que inyectó la penicilina, curó una ñáñara, dio bisturí en una “pelotica” que salió en la espalda y suturó cada herida. Aunque, más allá de su ejemplar vocación, “es el Pérez tremenda persona”.

De momento, Majagua conoce que Eduardo Pérez de Corcho se contagió con la pandemia. El asombro y la desesperación no se hicieron esperar. “Este teléfono no para”, comenta a través de una llamada telefónica, desde el cubículo donde está ingresado hace más de una semana, en el hospital Frank País, de la capital.

“Vine para La Habana como miembro de un contingente de intensivistas, desde el día 9 de abril. La misión del equipo es trabajar en la terapia del hospital Calixto García. De Ciego de Ávila, en ese centro de salud, somos dos enfermeros y los dos estamos enfermos. El otro se llama Lázaro y es de Violeta”. El coronavirus se impuso así a los cuidados en el contacto directo con el enfermo.   

“Todo sucedió en el mismo hospital. Allí se dieron algunos casos positivos. Nosotros nos cuidamos mucho, con todos los medios de protección, pero es evidente que el riesgo estaba y lo contrajimos”, relata, ahora desde el lado de los contagiados.

El enfermero que unas cuantas veces se ha visto inmerso en la prevención de la salud, los últimos momentos de vida del paciente (en fase terminal), el día a día de los enfermos crónicos o de aquellos que, de forma ocasional, acaban ingresando en un hospital, no puede ignorar lo tanto que sabe y reconoce que “el virus es fuerte”.  

“Primero se enfermó mi compañero Lázaro y después yo. El jueves 23 de abril, él supo que era caso positivo a través de un PCR. El mío, por el contrario, dio negativo. Entonces, el domingo 26 comencé con los síntomas.

“No fui a trabajar más. Me quedé en el cuarto del hotel Altahabana, el de la UJC. Esa misma noche fui a dar a una sala del hospital Frank País. El martes me hicieron el PCR, nuevamente, y el miércoles llegó el resultado positivo”.

Insiste en que “ha sido duro” y lo tomo como un consejo, digno de trasmitirse a las personas que se confían. “Empecé con un poco de fiebre y sospeché del virus, porque mi colega ya era confirmado”. 

“Entre los que atienden el contingente, hay personas que, continuamente, pasan por los cuartos. Les dije que me sentía mal y acto seguido se dedicaron a tomarme la temperatura y chequear la presión. La vigilancia ha sido muy buena, en todos lados”.

En estos momentos, permanece en el Frank País, con tratamiento retroviral. “Casi no tengo síntomas de la enfermedad y lo que queda son los efectos de los medicamentos, que dan náuseas y vómitos”.

“Tomo la Kaletra, dos cada doce horas, y una cloroquina, también cada doce horas. El Interferón es uno cada tercer día. Nos traen todo al momento. Si pedimos agua, enseguida vienen con ella”.

Difícil la distancia. Un trecho kilométrico le separa de un municipio que le quiere bien. “Tengo comunicaciones con mi familia constantemente, por correo y Facebook. Mucha gente preocupada. Muy contento con el apoyo desde Majagua”.

El nerviosismo seguirá mientras el coronavirus no abandone el cuerpo de un profesional de la salud avileño que, en el cumplimiento del deber, pasó de curador a enfermo. Y es que Eduardo, qué digo, “El Pérez”, siempre se ofrece para disminuir el sufrimiento de los demás. Esto, enfermero consagrado, es gratitud.

José Alemán Mesa

Fotos: Cortesía del entrevistado