Llevo horas en una porfía interior muy grande. Los que me conocen saber por qué lo digo. Llevo horas dilucidando entre la rabia, el abatimiento y el periodismo (revolucionario). Cada dedazo encima de las letras de la laptop me hace sentir desconfianza, vuelvo sobre ellas, las borro, las escribo, las borro, las escribo, pero al final se quedan ahí. Vivo de y entre re-acciones.    

He sido un niño y joven mimado. De esos que no buscan el pan, que no van a la casilla por los huevos, a la bodega por los mandados, a las placitas… No sé de colas, ni de “ripieras” ni de “ripierismos”, mucho menos lo soy ni seré. Estoy triste, muy triste. Estoy ofendido.

Soy feliz cuando escribo cosas buenas, en un país bueno, lleno de bondades, de luces. Espero que año y medio de ejercer el Periodismo no me dejen mentir. También soy feliz cuando critico, porque la Revolución no la pueden hacer solo los de “allá arriba”, a quienes admiro y respeto.

Este viernes, la experiencia de la tienda panamericana de CIMEX, El Reloj, de Orlando González (Majagua, Ciego de Ávila), se repitió y superó mi desesperación. Una estratagema, un sálvese quien pueda, una lucha de contrarios. El detergente, el pollo, el aseo… saca lo peor de la gente, en circunstancias en las que, como periodista, busco contar las mejores historias de vida y de sobrevivencia, pero no puedo permanecer calmado.

Lo que está en juego no es un paquete de detergente, si bien este hace mucha falta, las colas se encargan de demostrarlo. Y ves al que se quita y pone el nasobuco, el manoseo, los amigos volverse casi enemigos, los vecinos sacar lo peor de sí, y los comprendo.

Personas con discapacidad que ven las horas pasarles por encima de los dolores, mientras los “decisores”, in situ, toman “decisiones” que incluso nadie ha dado ni corroborado. Preguntas que no tienen respuestas. Respuestas que no tienen preguntas.

Poca autoridad, poco respeto, poco acatamiento, tanto por el pueblo como por los que buscan “organización”. Y “allá arriba” la ministra del Comercio Interior, el presidente, el primer ministro, todos, desgastándose por organizar un pueblo. Mientras eso sucede, Orlando González (y muchas otras localidades), un día sí y uno no, se “mata” por algún producto, sin que el producto de esa realidad sea la transparencia y proactividad.

Entonces, aquel joven mal acostumbrado y resabiado, periodista, que también lava su ropa, que anda escribiendo día a día sobre cómo Ciego de Ávila implementa su paquetazo de medidas, se ve frente al dilema de poner en una balanza mental lo que sabe y lo que vive.

Llevo horas con la mente y el corazón en remojo. Y seguirá siendo así. La Covid-19 dejará muchas lecciones al interior de la gente buena y de la mala.     

José Alemán Mesa

Fotos: Autor