Teniendo en cuenta las “locuras” que, amargamente, afloran en difíciles circunstancias epidemiológicas como esta —con la COVID-19— y también esas fotos que circulan por las redes sociales, en la comunidad de Orlando González (Majagua, Ciego de Ávila) la única tienda panamericana de la red de CIMEX, llamada el Reloj, se encarga de convocar y concentrar, durante horas, a decenas y decenas de personas que buscan un pomo con aceite.


Mientras, “allá arriba”, como dice el cubano, se desgastan los dirigentes por despertar la creatividad e iniciativa de los que están “abajo”. Varias veces he escuchado que hay que “descentralizar las mercancías de las unidades para evitar aglomeraciones”, lo que puede interpretarse como convertir una de las tantas escuelas ahora cerradas, una biblioteca pública o un restaurante muy muy poco frecuentado, en “sucursales” de aquella edificación que ve tirársele encima 300 personas, maratónicamente.


¿Maratónicamente? Pues sí. Según el Grupo de Apoyo, las personas deben mantenerse en los alrededores de la tienda y, cuando vean el carro llegar, correr pa’llá. Sucede que el otro día un abuelito se cayó y perdió hasta los espejuelos. Sucede que eso está muy feo y vergonzoso, sin buscar adjetivos grandilocuentes. Personas mayores, con discapacidad, un sol que raja tablas, jóvenes, mujeres, o sea, ningún atleta, esperan su mercancía.


¡Y qué decir de las personas que trabajan dentro de la tienda! Las y los conozco, las y los considero. Ver que se te viene encima un mar de pueblo, entre los cambios y tarjetas magnéticas; entre el cloro, el agua jabonosa y la “limpia”, que no alcanzan; entre el nasobuco del cliente que llega hasta la dependiente, con horas absorbiendo el sudor y el polvo, sin cambiarse; entre el toqueteo y los gritos “¡me toca a mí!” “¡Deja el descaro!” “¡Qué tipo más fresco!” “Ellos dejaron que se colara”… El bicho cae en esa cola y se extingue un pueblo.


Triste realidad que se repite por el pollo, por el detergente… ¡Y qué decir de las personas que trabajan dentro de la tienda! Triste realidad que se les repite por el pollo, por el detergente…


Mi mamá llegó a casa “colorá’ como un tomate”, con dolor de cabeza, con dolor en los huesos, sudando la vida, pero con una “sonrisa” que denotaba haber ganado la carrera maratónica y recibido el trofeo: su pomo de aceite.


Tuve ganar de llorar, porque la vi agotada. Y más quise hacerlo cuando empezó a contarme de posibles desmayos, mareos, atropellos. Y así andan muchos, entregándoles al sol el resultado de meses con enguatadas y camisas mangas largas.


¿No podía dispersarse por varios puntos del poblado, en medio de una historia que parece no dejar enseñanzas, aunque ya es bastante vieja? Por la vida de la gente, y este país lo exige así, lo que haya que hacer. Sin embargo, preferimos poner árbitros en la puerta de la tienda, que “suenan el silbato” y la gente corre, o mejor, corre quien puede hacerlo.


Cuando se acabe el único pomo con aceite que mami compró, volverá la pesadilla, volverán sus piernas cortas a luchar un lugar en el podio. Y qué bueno que todavía pueda correr.

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