Todos los días experimento esa sensación de dejarme llevar por un tren y perder la mirada hacia el horizonte. Lo triste es que son los mismos paisajes de casas viejas y nuevas, niños que van para la escuela, fincas, marabú, sembrados, puentes medio peligrosos…

   Disfruto incluso echar una cabezadita, aprovechando el traqueteo del amasijo de hierro. Hasta he soñado todo el interior diferente, con un aire bohemio, menos anclado al pasado.

  Sucede que “mi” tren tiene el embrujo de los viajes de ensueño que vemos en las películas. En él, el trayecto es tan importante como el destino, pues es el auténtico lugar donde acontece casi todo lo mejor del itinerario cotidiano. Sin embargo, para algunas personas parecen aburridos esos sesenta minutos.

   Al viejo trasporte no le falta ese escueto mensaje que, cada día, convida a que preparar procedimientos. Existe una especie de protocolo empírico que reúne cuestiones técnicas de seguridad, propias de la circulación ferroviaria, y cuestiones de sentido común, por qué no decirlo también.

  Y es que la tripulación del armatoste siempre tiene un saludo cordial y vigilancia sobre decenas de estudiantes y trabajadores que se trasladan por vía férrea en la ruta que va desde Ciego de Ávila hasta la comunidad majagüense de Orlando González y viceversa, quienes reciben tan importante y económico servicio.

  Durante casi diez años, aunque no se pueda decir ininterrumpidamente, es mucho lo ahorrado en temas de bolsillo y esfuerzos. Y vuelvo a la tripulación, esa misma que vuelve y vuelve, a pesar del “quita y pon” que en ocasiones sume a los pobladores en la incertidumbre y la desinformación.

  Ellos dejan sus familias atrás por varios días y, algunas veces, ni tienen el hielo para conservar sus alimentos, pero buscan una alternativa antes de optar por la suspensión del demandado ir y venir.

  Ellos coexisten dentro del Cabús, al final del convoy, un lugar no apto para el frío, un espacio no apto para el calor. Sinceramente, no permanecería siete días entre esas paredes de hierro.    

  El salario es el común, sin penas ni glorias. ¿Usted sabe qué comen? ¿Quién les cocina? ¿Quién les pregunta si algo les hace falta? Tampoco tengo respuestas. Lo único que sé es que deberíamos preguntarles.

   Ellos tienen la misión de mantener la seguridad en la operación del tren. Y sí, debemos agradecer cualquier esfuerzo de esos cuatro hombres —y del país—, que echan a andar el envejecido parque de equipos ferroviarios avileño sobre líneas con más de un siglo de explotación.

  Y mayor sería el agradecimiento si hablamos del déficit de personal especializado en la conducción y reparación de trenes. Sin embargo, tanto la ruta Orlando González-Ciego de Ávila como la de Venezuela-Ciego de Ávila pueden contar con el conductor Yoany Martínez Herrera, el maquinista Genny Domínguez Romero, el auxiliar de maquinista Flor Leonardo Satiesteban y el auxiliar del conductor Yordani Reyes Toledo, dispuestos y jaraneros.  

   No obstante el trabajo de estos amantes de los herrumbrosos rieles, entre los retos de ferrocarriles en Ciego de Ávila están la recuperación de las vías, para elevar la calidad en la prestación de los servicios, la limpieza y organización en trenes y estaciones, y el incremento de la seguridad de las líneas, unido a la oportuna información a los pasajeros en las terminales.

  Mejor termino de escribir. Debo dejarme llevar pronto por un tren y perder la mirada hacia el horizonte. Lo triste es que vuelven, como en la mañana, los mismos paisajes de casas viejas y nuevas, niños que vienen de la escuela, fincas, marabú, sembrados, puentes medio peligrosos… Lo alegre es que ahí está el tren, la tripulación y esa gente que hace auténtico el lugar.

El auxiliar de maquinista Flor Leonardo Satiesteban, el maquinista Genny Domínguez Romero, el auxiliar del conductor Yordani Reyes Toledo y el conductor Yoany Martínez Herrera, en ese orden.

Por José Alemán Mesa